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Candidato al Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1953 por sus estudios sobre la leucemia. El padre de la Hematología española.

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Monumento a Francisco Más y Magro. Crevillente (Alicante).

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No serás un extraño es una novela escrita por Morton Thomson, originalmente en inglés, editada por primera vez en 1954. Cuenta la biografía de Lucas Marsh y su vocación por la Medicina, desde la primera infancia. La historia se divide tres partes claramente diferenciadas, aunque sin solución de continuidad entre ellas: Lucas niño, Lucas estudiante y Lucas médico. Cada etapa se desarrolla en sitios diferentes, con personajes diferentes y en ambientes diferentes. Y en cada una de ellas se respiran también diferentes conflictos: primero con la familia, después con compañeros y profesores y finalmente con colegas y pacientes. En las dos últimas le acompaña su mujer, Kris, una enfermera con la que se casa por interés, aunque ella sí lo quiere y admira.

Novela extraordinaria tanto en la forma como en el fondo. La descripción de los ambientes en los que se desarrolla, no sólo los lugares, es tan completa que supone un verdadero viaje al interior del libro. Y los conflictos a los que se enfrenta el protagonista (que son muchos, porque la vocación es estimulante, pero implacable, lo que le hace un inadaptado en cualquier entorno), son tan reales como los que podamos ver hoy por hoy en cualquier hospital o consulta de nuestra ciudad. Mezcla la vida cotidiana con el estudio o el ejercicio de la Medicina, por lo que emplea frecuentes términos clásicos o formas de diagnosticar y tratar que resultan curiosas e interesantes.

Coherente con su época, presenta un concepto clásico de la Medicina, en la que la lucha contra la enfermedad tiene la salud como victoria y la muerte del paciente como derrota. Pero también muestra una visión totalmente actual del médico que ve al enfermo como accesorio, y la Medicina como protagonista. El enfermo se convierte en un mal necesario para la práctica de la Ciencia. En los años 20 en que se desarrolla la historia hablamos de diagnóstico y tratamiento, tanto médico como quirúrgico. Hoy habría que añadir el máster y la publicación, el currículo y la ponencia.

Una de las lecturas más estimulantes de los últimos tiempos. Y el hecho de que repase casi todos los conflictos con los que se puede encontrar un médico o un estudiante de Medicina hacen que se convierta en un imprescindible de nuestro blog.

Galileo Galilei

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Galileo Galilei nace en Pisa (Italia) el 15 de febrero de 1564. Su padre pertenecía a la baja nobleza y era músico, pero se dedicó al comercio por razones económicas. Fue el mayor de varios hermanos (según la fuente, entre seis y ocho).

En 1574 la familia se traslada a Florencia, donde Galileo ingresa en el convento Santa María de Vallombrosa, del que una infección ocular lo sacará unos meses después. En 1581 entra en la Universidad de Pisa para estudiar Medicina, al parecer empujado por su padre (ya algún antepasado suyo había sido médico). Galileo no siente vocación por la Medicina, por lo que la abandona en 1583 para estudiar la geometría de Euclides con Ostilio Ricci, matemático de la corte de Florencia. Posteriormente vuelve a Pisa a continuar los estudios, pero los abandona definitivamente en 1585. Después de cuatro años en la Universidad la abandona sin haber obtenido el título.

Vuelve a Florencia y se dedica definitivamente al estudio de la Geometría, que amplía con estudios de Física y Matemáticas. Estudia a Arquímedes en profundidad y su vida profesional queda vinculada definitivamente a la Universidad. En 1587 comienza a impartir clases de matemáticas en la Universidad de Siena. En 1588 obtiene una plaza como auxiliar en la Universidad de Pisa. En 1589 obtiene el título de profesor en la misma universidad y en 1592 (a los 28 años) será catedrático en la Universidad de Padua.

A los 35 años comienza una relación con Marina Gamba, una veneciana con la que tendrá tres hijos y con la que convive, pero no se casa. Finalmente Marina se casa con otro hombre y los tres hijos quedan a cargo de Galileo.

En 1609 construye su primer telescopio, basándose en los estudios de Lipperhey, lo que le vale un considerable aumento de sueldo y una plaza vitalicia en la Universidad, concedidos por el Senado de Venecia.

Describió la ley de isocronismo del péndulo y la primera ley del movimiento, inventó la balanza hidrostática y el termómetro, desarrolló el telescopio e inventó el microscopio, e hizo importantes descubrimientos astronómicos, como la existencia de las lunas mayores de Júpiter. Desde el punto de vista teórico fue defensor de la teoría heliocéntrica copernicana. En los inicios del S. XVII la discusión entre la teoría geocéntrica aristotélica y ptolemaica y la teoría heliocéntrica copernicana ocupaba el primer lugar en las polémicas científicas de la época. Tanto es así que la Iglesia interviene a través de la Inquisición en 1616. Después de un proceso de investigación se llega a la conclusión de que la teoría heliocéntrica es “una insensatez, un absurdo en filosofía y formalmente herética”. Aunque no tiene consecuencias personales para Galileo, se le conmina a exponer esta teoría como una hipótesis no demostrada (curiosamente, en 1616 aún no se podía demostrar la teoría heliocéntrica).

Galileo hace caso omiso y publica en 1632 (eso sí, 18 años después), Diálogo sobre los principales sistemas del Mundo, un libro en el que, no sólo da como cierta la teoría heliocéntrica, sino que ridiculiza la teoría geocéntrica y a sus defensores. Como consecuencia,  en 1633 la Inquisición comienza un proceso contra él por desobediencia, en el que es obligado a abjurar de sus ideas para poder conmutar la pena de cadena perpetua por arresto domiciliario vitalicio.

Después de la sentencia Galileo vive confinado en su casa de Florencia hasta 1638, en que se le concede permiso para ir a su casa de San Giorgio, junto al mar. Su salud va mermando poco a poco y pierde la visión. Convive con sus discípulos, con los que continúa su labor científica hasta su muerte, el 8 de enero de 1642, a los 77 años.

Galileo es considerado el padre de la Ciencia moderna y el padre de la Astronomía. Fue el prototipo del hombre del Renacimiento: astrónomo, filósofo, ingeniero, matemático, físico, músico (tocaba el laúd)… Y casi médico.

2014. Hipócrates

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Hipócrates es una película francesa del año 2014, dirigida por Thomas Lilti e interpretada por Vincent Lacoste y Jacques Gamblin.

Cuenta la historia de Benjamín, un residente de primer año que inicia su rotatorio por el Servicio de Medicina Interna (cuyo jefe es su padre). Allí se encuentra con Abdel, un residente extranjero (allí tienen una consideración diferente) que es mayor y con más experiencia, pero también ejerce como residente. En sus primeros meses Benjamín se encuentra con las guardias, con los pacientes terminales, con los compañeros, con los adjuntos… con un hospital, al fin y al cabo. Y, en este caso, con las peculiaridades de un hospital público, con problemas iguales y diferentes a los de un hospital privado.

Aunque el director de la película es médico, y se nota cierto conocimiento algo mayor de lo habitual, seguimos tirando de tópicos para este tipo de historias. Se ve que la vida cotidiana de los hospitales es muy aburrida para contarla en una película… aunque sea francesa. El ambiente hospitalario y las relaciones personales se acercan bastante a la realidad, pero después nos trae un poco de lo de siempre: convivencia pueril de los residentes, diagnósticos fallidos, encarnizamiento terapéutico, el personal muy bueno y los administradores muy malos,… Sólo faltan los líos de cama entre los médicos y las enfermeras. Situaciones límite para que el espectador tenga claro lo que tiene que pensar, que es lo que el director quiere que piense, claro. Nadie quiere ver morir a una tierna abuelita con un cáncer terminal machacada por los médicos en contra de su voluntad. Pero es que las situaciones del día a día son bastante más complejas, y bastante menos peliculeras.

Otra película más de hospitales con escenas demasiado típicas para ser reales.

 

 

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¡…Y tenía corazón!. 1890. Enrique Simonet.

177 x 291 cm. Óleo sobre lienzo. Museo de Málaga.

VIH

El 20 de marzo de 1987, hace hoy 30 años, la FDA (food and drugs administration), el equivalente a la Agencia Española del Medicamento en Estados Unidos, aprueba el uso de Zidovudina para el tratamiento de la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Es el primer fármaco que evita una muerte segura.

La infección por VIH es conocida popularmente como SIDA, que en realidad es el estadio final de la enfermedad (acrónimo de síndrome de inmunodeficiencia adquirida). Es la enfermedad paradigmática de nuestro tiempo. Aparición, rápida propagación por un mundo globalizado, efectos devastadores, rápida investigación y tratamiento efectivo. En 1981 se describe por primera vez la enfermedad en una reunión de la CDC (el centro de control y prevención de enfermedades de Estados Unidos), al describirse cinco casos de neumonía por el hongo Pneumocystys Carinii (hoy llamado Pn. Jirovecii) en pacientes homosexuales inmunodeprimidos. En 1983 se describe el virus, en 1985 se secuencia su genoma y en 1987 se autoriza el primer tratamiento efectivo para su control. Comparándolo con enfermedades como la tuberculosis o la viruela, o cualquier otra en realidad, la evolución histórica es fugaz.

El VIH en un lentivirus (virus con periodos de incubación largo), que es un subtipo de retrovirus (familia Retroviridae), es decir, un virus cuyo material genético es ARN, y que actúa transcribiéndose a ADN e insertándose en el ADN del pobre enfermo. El mecanismo celular normal es que el ADN se transcriba a ARN mensajero para que la información genética se transforme en la actividad normal de la célula. El hecho de que el ARN del VIH se transcriba en ADN es un mecanismo inverso, llamado retrotranscripción, que le da el nombre a los retrovirus. Para que esto pueda ocurrir es preciso que colaboren unas enzimas llamadas transcriptasas inversas (esto es importante). Pues el caso es que el VIH es un virus ARN monocatenario (de una sola cadena) retrotranscrito.

El origen es africano, a partir de la mutación de un virus que actúa de forma similar, pero en animales. Esa mutación hace susceptibles a los humanos, y comienza la propagación. La muestra sanguínea más antigua en la que hay evidencia de presencia de VIH es una de 1959, que pertenecía a un marino inglés que había estado en el Congo.

El AZT, como se conoce a la Zidovudina, fue sintetizado por primera vez en 1964 por Jerome Horwitz, como tratamiento para el cáncer. Se comenzó su estudio es ratones y demostró no sólo ser inútil para dicha enfermedad, sino tóxico y frecuentemente mortal, por lo que fue desechado, y nunca se llegó a administrar en humanos.

En 1985, en el laboratorio farmacéutico GlaxoSmithKline, Samuel Broder, Hiroaki Mitsuya y Robert Yarchoan, recuperan el AZT y comienzan la experimentación para el tratamiento por la infección del VIH. Primero se aprecia un buen resultado in vitro, y luego se experimenta con animales y finalmente con personas, demostrándose el aumento de la supervivencia.

La Zidovudina es, químicamente, una 1-[(2R, 4S, 5S)-4-acido-5-(hidroximetil)oxolan-2-il]-5-metilpirimidin-2, 4diona. No me pregunten, lo he copiado… O si lo prefieren, una C10H13N5O4. Es cuestión de gustos… Su acción consiste en la inhibición de la transcriptasa inversa (les dije que era importante). Al inhibir la enzima, el ARN del virus no se puede transformar en ADN, y por tanto no puede interaccionar con el sistema inmune del huesped. Así, el AZT fue el primer fármaco de una familia llamada antirretrovirales, que son la piedra angular del tratamiento de esta enfermedad. Los tratamientos que se han ido añadiendo posteriormente están encaminados a reducir los efectos secundarios o a intentar evitar nuevas mutaciones del virus que lo hagan resistente. Desde el comienzo del uso de la zidovudina la infección por el VIH dejó de ser una enfermedad contagiosa y mortal y pasó a ser una enfermedad crónica silente.

No puedo acabar esta entrada sin recordar que aún hay millones de personas en el Mundo que no tienen acceso a este fármaco, y que continúan muriendo por la infección del VIH como en el primer Mundo en los años 80. No sé cuál es la solución, ni este debate es el cometido de este blog, pero ojalá los Freddie Mercury del Tercer Mundo puedan transformarse en Magic Johnson antes de que pasen otros 30 años.

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Libro escrito originalmente en inglés, publicado por primera vez en 2011. El autor es un médico británico, dedicado a la política (algún día tendremos que incluirlo en nuestros “médicos que no ejercen”), militante laborista, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña entre los años 1977 y 1979, fundador del Partido Socialdemócrata en 1981, y elegido por la ONU en 1992 para resolver el conflicto de Bosnia.

La idea inicial del libro es muy original. Se trata de repasar las enfermedades de los grandes líderes mundiales del siglo XX y analizar la influencia que pudieran tener estas enfermedades en su toma de decisiones. Comienza hablando de Roosevelt y termina con Bush, pasando por Hitler, Stalin, Churchill, Kennedy, De Gaulle, el Sha de Persia, Mitterrand, Reagan, Thatcher, y un largo etcétera. Muy interesante el repaso de las historias clínicas, en las que se entera uno de cosas tan curiosas como que Kennedy tenía un síndrome de Addison (insuficiencia suprarrenal) o que Mitterrand murió de un cáncer de próstata, y además repasa de forma rápida los grandes y pequeños episodios de política internacional del siglo. Desde la Primera Guerra Mundial hasta la Guerra de Irak pasando por la Bahía de Cochinos o la ocupación del Canal de Suez.

No obstante, el libro está escrito desde el punto de vista del médico, y no del político, y se nota demasiado que el autor es político, y no médico, aunque estudiara Medicina. El análisis de las enfermedades y de los enfermos es absolutamente académica, como un profano que copiara de un libro, y en cambio las opiniones políticas reflejan el pensamiento de un experto en la materia. Hay un desequilibrio entre su etapa política, que trata en profundidad, dejando que la enfermedad sea la excusa para un tratado de política, y la época que para él es Historia, que responde al verdadero objetivo del libro. Dedicarle más páginas a la Guerra de Irak que a la II Guerra Mundial no parece tener mucho sentido desde el punto de vista político, y dedicarle más páginas a la supuesta patología psiquiátrica de Bush y Blair que a la patología psiquiátrica y sistémica de Hitler, Stalin y Churchill, tampoco…

¿Y cómo engarza el poder con la enfermedad, cuando esta no es física, o evidente? Aquí está el truco del libro. Utiliza el “síndrome de hybris”. Hybris es un término griego que se empleaba para definir la situación en la que los mortales excedían los límites impuestos por los dioses. Se podría traducir literalmente como “desmesura”, pero para nosotros, sería más bien algo así como “soberbia”. Según los antiguos griegos la hybris conduce inevitablemente a la nemesis, una mezcla entre justicia y venganza. En nuestro mundo serían las consecuencias lógicas de las decisiones tomadas desde la soberbia. Así que el síndrome de hybris sería una “embriaguez de poder”. En España se ha llamado “el síndrome de la Moncloa”. Decir que esta hybris es un trastorno de personalidad es discutible, catalogarla de psicopatología es sencillamente una invención. El autor reparte la hybris a su antojo, y la coincidencia de su pensamiento con las decisiones de un determinado líder influye mucho en que sea agraciado con este síndrome. Además, como no existe diagnóstico ni tratamiento, eso le permite utilizar esta supuesta embriaguez de poder para olvidarse de la Medicina, y dedicarse a la política.

En general un libro interesante, con momentos algo aburridos, sobre todo al final, cuando libra su batalla personal contra Blair.

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Película estadounidense estrenada en 1992, que lleva por título original Medicine Man, dirigida por John McTiernan e interpretada por Sean Connery y Lorraine Bracco. Fue nominada a Peor Actriz en los premios Razzie de su año.

En lo más profundo de la Selva del Amazonas el Dr. Campbell (Sean Connery) tiene un laboratorio rudimentario con el que investiga un suero que parece ser el remedio contra el cáncer. Para completar su investigación solicita al laboratorio que lo financia material y un ayudante, y le envían a la Dra. Crane (Lorraine Bracco), una bioquímica joven con gran curriculum, pero sin experiencia en la investigación de campo.

Se unen varios frentes en esta película: la relación entre los indígenas del Amazonas y el hombre blanco, la destrucción de la Selva por la llegada de la civilización, la investigación de enfermedades tropicales in situ (aunque en este caso se trate de un linfoma), la relación profesional y personal entre dos investigadores de diferente generación y sexo, la rivalidad del hechicero de la tribu con el nuevo hechicero blanco por el poder de sus remedios,… Y al final la película es bastante entretenida, sin ser una película para la Historia, desde luego.

Sean Connery está en la que, en mi modesta opinión, es su mejor época, así que, para los que nos gusta, es un gran aliciente. Lorraine Bracco no es que esté espectacular, pero tampoco me parece merecida la nominación a Peor Actriz. He visto cosas bastante peores.

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Libro publicado en enero de 2016, originalmente en inglés, escrito por un eminente neurocirujano británico, Henry Marsh, un hombre con gran vocación por la Neurocirugía, gran formación intelectual y amplia experiencia.

Es un lectura amena e interesante, donde, por medio de una serie de casos clínicos se desarrolla un relato autobiográfico. El libro evoluciona a lo largo de las páginas, haciendo que la segunda mitad sea mucho más interesante que la primera.

En cierta ocasión me decía un neurocirujano: “qué sacerdocio de especialidad…”. Efectivamente, en pocas especialidades se aprecia con tanta claridad la relación entre el acto médico y la consecuencia. En general esta relación es más visible en la cirugía que en la medicina. Cuando un paciente vive durante años gracias a un tratamiento médico es difícil saber qué hubiera pasado si no se le hubiera administrado, pero de igual manera es difícil demostrar que un tratamiento no óptimo lleve a una muerte precoz. En la cirugía esta relación es más evidente, pero, salvo en casos de catástrofe, tampoco está claro qué porcentaje de responsabilidad tiene el cirujano en un mayor o menor éxito. Por poner un ejemplo, si un traumatólogo opera una fractura, esta queda inmovilizada un tiempo y luego se comienza la movilización y la rehabilitación hasta la recuperación de la función del miembro afecto. Si esta no se produce, o al menos no completamente, es difícil saber si el problema está en el tipo de lesión, la técnica quirúrgica, la rehabilitación o la implicación del propio paciente en su curación. En la Neurocirugía no. El paciente se despierta de la anestesia y no ve, o no habla, o no mueve un miembro. En el mismo quirófano. Cada complicación cae sobre la espalda del cirujano, aunque sea una complicación independiente de la habilidad técnica o fuera necesaria para obtener un bien mayor. Pero esta relación tiene su doble vertiente: alimenta ese “sacerdocio” del que hablaba mi compañero, pero también la soberbia del supercirujano. La evidencia del resultado, cuando es positivo, alimenta la admiración por parte de pacientes y familiares, y eso a su vez alimenta una imagen social. Y hay quien no sabe gestionar eso…

En los primeros capítulos concreta casos clínicos, en los que se habla de supuestos errores médicos y/o efectos adversos, pero de forma tangencial. Estos casos están protagonizados por la pericia y gran capacidad técnica del supercirujano, que con cierta falsa modestia desgrana sus éxitos personales, si acaso empañados por alguna complicación inevitable. Los errores reales son cometidos por otros (cuenta como un médico residente opera mal a un paciente y él se culpa de no haberlo operado…) y en caso de que ocurra una complicación inevitable es en pacientes incurables a los que esperaba un terrible final… En ocasiones con alguna frase de vanidad casi sonrojante (“me han dicho que es usted uno de los mejores neurocirujanos del país”). De esta parte me ha gustado mucho la visión poética de la Neurocirugía. Una visión romántica con el uso frecuente de metáforas arquitectónicas, marineras, medievales…, que le permiten además explicar complejas técnicas quirúrgicas con un lenguaje asequible para todos.

Pero a medida que se avanza es como si la segunda parte estuviera escrita en otra época de su vida personal y profesional. Ya no siente la necesidad de dar explicaciones o de dar una determinada imagen personal. Y entonces sí, comienza a hablar de sus conflictos internos, los conflictos reales de familias descontentas, el sentimiento de culpabilidad del médico ante la muerte del enfermo, de los errores humanos y cómo afrontarlos…; en fin, una lectura apasionante de un profesional con alta cualificación y experiencia. Y esta segunda parte, mucho más íntima, hace que el resultado final sea una lectura muy recomendable. Gran libro.

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El médico de Stalingrado es una película alemana de 1958 basada en una novela del mismo nombre de Heinz G. Konsalik. Dirigida por Géza von Radványi e interpretada por Otto Eduard Hasse, Eva BartokHanes Messemer. Narra la historia de un campo de prisioneros soviético en 1949, donde aún permanecen prisioneros alemanes capturados en la batalla de Stalingrado. Entre ellos hay un neurocirujano, Fritz Böhler (O.E. Hasse), que ejerce de médico de los alemanes, además de mando militar.

Película curiosa e interesante. A pesar de enfrentarse los dos sistemas políticos más devastadores de la Historia (la Unión Soviética comunista de Stalin y la Alemania nazi de Hitler), es una película de personas normales. Se establecen relaciones entre los prisioneros y sus guardianes, de necesidad, de odio, de amistad, de amor,… y todo esto con la enfermería de fondo y la relación que también se establece entre los médicos alemanes y los soviéticos.

Pasa de puntillas por el tema político, supongo que a propósito, para evitar una película de buenos y malos. Aunque se nota que la película es alemana. Es un poco “mire usted, que no todos éramos nazis…” muy apropiado para los años 50. Y a cambio, tampoco los soviéticos son todos comunistas. Tablas.

En fin, en mi ignorancia cinematográfica no conocía esta película, y me ha gustado. Se la recomiendo…