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2014. Hipócrates

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Hipócrates es una película francesa del año 2014, dirigida por Thomas Lilti e interpretada por Vincent Lacoste y Jacques Gamblin.

Cuenta la historia de Benjamín, un residente de primer año que inicia su rotatorio por el Servicio de Medicina Interna (cuyo jefe es su padre). Allí se encuentra con Abdel, un residente extranjero (allí tienen una consideración diferente) que es mayor y con más experiencia, pero también ejerce como residente. En sus primeros meses Benjamín se encuentra con las guardias, con los pacientes terminales, con los compañeros, con los adjuntos… con un hospital, al fin y al cabo. Y, en este caso, con las peculiaridades de un hospital público, con problemas iguales y diferentes a los de un hospital privado.

Aunque el director de la película es médico, y se nota cierto conocimiento algo mayor de lo habitual, seguimos tirando de tópicos para este tipo de historias. Se ve que la vida cotidiana de los hospitales es muy aburrida para contarla en una película… aunque sea francesa. El ambiente hospitalario y las relaciones personales se acercan bastante a la realidad, pero después nos trae un poco de lo de siempre: convivencia pueril de los residentes, diagnósticos fallidos, encarnizamiento terapéutico, el personal muy bueno y los administradores muy malos,… Sólo faltan los líos de cama entre los médicos y las enfermeras. Situaciones límite para que el espectador tenga claro lo que tiene que pensar, que es lo que el director quiere que piense, claro. Nadie quiere ver morir a una tierna abuelita con un cáncer terminal machacada por los médicos en contra de su voluntad. Pero es que las situaciones del día a día son bastante más complejas, y bastante menos peliculeras.

Otra película más de hospitales con escenas demasiado típicas para ser reales.

 

 

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¡…Y tenía corazón!. 1890. Enrique Simonet.

177 x 291 cm. Óleo sobre lienzo. Museo de Málaga.

VIH

El 20 de marzo de 1987, hace hoy 30 años, la FDA (food and drugs administration), el equivalente a la Agencia Española del Medicamento en Estados Unidos, aprueba el uso de Zidovudina para el tratamiento de la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Es el primer fármaco que evita una muerte segura.

La infección por VIH es conocida popularmente como SIDA, que en realidad es el estadio final de la enfermedad (acrónimo de síndrome de inmunodeficiencia adquirida). Es la enfermedad paradigmática de nuestro tiempo. Aparición, rápida propagación por un mundo globalizado, efectos devastadores, rápida investigación y tratamiento efectivo. En 1981 se describe por primera vez la enfermedad en una reunión de la CDC (el centro de control y prevención de enfermedades de Estados Unidos), al describirse cinco casos de neumonía por el hongo Pneumocystys Carinii (hoy llamado Pn. Jirovecii) en pacientes homosexuales inmunodeprimidos. En 1983 se describe el virus, en 1985 se secuencia su genoma y en 1987 se autoriza el primer tratamiento efectivo para su control. Comparándolo con enfermedades como la tuberculosis o la viruela, o cualquier otra en realidad, la evolución histórica es fugaz.

El VIH en un lentivirus (virus con periodos de incubación largo), que es un subtipo de retrovirus (familia Retroviridae), es decir, un virus cuyo material genético es ARN, y que actúa transcribiéndose a ADN e insertándose en el ADN del pobre enfermo. El mecanismo celular normal es que el ADN se transcriba a ARN mensajero para que la información genética se transforme en la actividad normal de la célula. El hecho de que el ARN del VIH se transcriba en ADN es un mecanismo inverso, llamado retrotranscripción, que le da el nombre a los retrovirus. Para que esto pueda ocurrir es preciso que colaboren unas enzimas llamadas transcriptasas inversas (esto es importante). Pues el caso es que el VIH es un virus ARN monocatenario (de una sola cadena) retrotranscrito.

El origen es africano, a partir de la mutación de un virus que actúa de forma similar, pero en animales. Esa mutación hace susceptibles a los humanos, y comienza la propagación. La muestra sanguínea más antigua en la que hay evidencia de presencia de VIH es una de 1959, que pertenecía a un marino inglés que había estado en el Congo.

El AZT, como se conoce a la Zidovudina, fue sintetizado por primera vez en 1964 por Jerome Horwitz, como tratamiento para el cáncer. Se comenzó su estudio es ratones y demostró no sólo ser inútil para dicha enfermedad, sino tóxico y frecuentemente mortal, por lo que fue desechado, y nunca se llegó a administrar en humanos.

En 1985, en el laboratorio farmacéutico GlaxoSmithKline, Samuel Broder, Hiroaki Mitsuya y Robert Yarchoan, recuperan el AZT y comienzan la experimentación para el tratamiento por la infección del VIH. Primero se aprecia un buen resultado in vitro, y luego se experimenta con animales y finalmente con personas, demostrándose el aumento de la supervivencia.

La Zidovudina es, químicamente, una 1-[(2R, 4S, 5S)-4-acido-5-(hidroximetil)oxolan-2-il]-5-metilpirimidin-2, 4diona. No me pregunten, lo he copiado… O si lo prefieren, una C10H13N5O4. Es cuestión de gustos… Su acción consiste en la inhibición de la transcriptasa inversa (les dije que era importante). Al inhibir la enzima, el ARN del virus no se puede transformar en ADN, y por tanto no puede interaccionar con el sistema inmune del huesped. Así, el AZT fue el primer fármaco de una familia llamada antirretrovirales, que son la piedra angular del tratamiento de esta enfermedad. Los tratamientos que se han ido añadiendo posteriormente están encaminados a reducir los efectos secundarios o a intentar evitar nuevas mutaciones del virus que lo hagan resistente. Desde el comienzo del uso de la zidovudina la infección por el VIH dejó de ser una enfermedad contagiosa y mortal y pasó a ser una enfermedad crónica silente.

No puedo acabar esta entrada sin recordar que aún hay millones de personas en el Mundo que no tienen acceso a este fármaco, y que continúan muriendo por la infección del VIH como en el primer Mundo en los años 80. No sé cuál es la solución, ni este debate es el cometido de este blog, pero ojalá los Freddie Mercury del Tercer Mundo puedan transformarse en Magic Johnson antes de que pasen otros 30 años.

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Libro escrito originalmente en inglés, publicado por primera vez en 2011. El autor es un médico británico, dedicado a la política (algún día tendremos que incluirlo en nuestros “médicos que no ejercen”), militante laborista, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña entre los años 1977 y 1979, fundador del Partido Socialdemócrata en 1981, y elegido por la ONU en 1992 para resolver el conflicto de Bosnia.

La idea inicial del libro es muy original. Se trata de repasar las enfermedades de los grandes líderes mundiales del siglo XX y analizar la influencia que pudieran tener estas enfermedades en su toma de decisiones. Comienza hablando de Roosevelt y termina con Bush, pasando por Hitler, Stalin, Churchill, Kennedy, De Gaulle, el Sha de Persia, Mitterrand, Reagan, Thatcher, y un largo etcétera. Muy interesante el repaso de las historias clínicas, en las que se entera uno de cosas tan curiosas como que Kennedy tenía un síndrome de Addison (insuficiencia suprarrenal) o que Mitterrand murió de un cáncer de próstata, y además repasa de forma rápida los grandes y pequeños episodios de política internacional del siglo. Desde la Primera Guerra Mundial hasta la Guerra de Irak pasando por la Bahía de Cochinos o la ocupación del Canal de Suez.

No obstante, el libro está escrito desde el punto de vista del médico, y no del político, y se nota demasiado que el autor es político, y no médico, aunque estudiara Medicina. El análisis de las enfermedades y de los enfermos es absolutamente académica, como un profano que copiara de un libro, y en cambio las opiniones políticas reflejan el pensamiento de un experto en la materia. Hay un desequilibrio entre su etapa política, que trata en profundidad, dejando que la enfermedad sea la excusa para un tratado de política, y la época que para él es Historia, que responde al verdadero objetivo del libro. Dedicarle más páginas a la Guerra de Irak que a la II Guerra Mundial no parece tener mucho sentido desde el punto de vista político, y dedicarle más páginas a la supuesta patología psiquiátrica de Bush y Blair que a la patología psiquiátrica y sistémica de Hitler, Stalin y Churchill, tampoco…

¿Y cómo engarza el poder con la enfermedad, cuando esta no es física, o evidente? Aquí está el truco del libro. Utiliza el “síndrome de hybris”. Hybris es un término griego que se empleaba para definir la situación en la que los mortales excedían los límites impuestos por los dioses. Se podría traducir literalmente como “desmesura”, pero para nosotros, sería más bien algo así como “soberbia”. Según los antiguos griegos la hybris conduce inevitablemente a la nemesis, una mezcla entre justicia y venganza. En nuestro mundo serían las consecuencias lógicas de las decisiones tomadas desde la soberbia. Así que el síndrome de hybris sería una “embriaguez de poder”. En España se ha llamado “el síndrome de la Moncloa”. Decir que esta hybris es un trastorno de personalidad es discutible, catalogarla de psicopatología es sencillamente una invención. El autor reparte la hybris a su antojo, y la coincidencia de su pensamiento con las decisiones de un determinado líder influye mucho en que sea agraciado con este síndrome. Además, como no existe diagnóstico ni tratamiento, eso le permite utilizar esta supuesta embriaguez de poder para olvidarse de la Medicina, y dedicarse a la política.

En general un libro interesante, con momentos algo aburridos, sobre todo al final, cuando libra su batalla personal contra Blair.

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Película estadounidense estrenada en 1992, que lleva por título original Medicine Man, dirigida por John McTiernan e interpretada por Sean Connery y Lorraine Bracco. Fue nominada a Peor Actriz en los premios Razzie de su año.

En lo más profundo de la Selva del Amazonas el Dr. Campbell (Sean Connery) tiene un laboratorio rudimentario con el que investiga un suero que parece ser el remedio contra el cáncer. Para completar su investigación solicita al laboratorio que lo financia material y un ayudante, y le envían a la Dra. Crane (Lorraine Bracco), una bioquímica joven con gran curriculum, pero sin experiencia en la investigación de campo.

Se unen varios frentes en esta película: la relación entre los indígenas del Amazonas y el hombre blanco, la destrucción de la Selva por la llegada de la civilización, la investigación de enfermedades tropicales in situ (aunque en este caso se trate de un linfoma), la relación profesional y personal entre dos investigadores de diferente generación y sexo, la rivalidad del hechicero de la tribu con el nuevo hechicero blanco por el poder de sus remedios,… Y al final la película es bastante entretenida, sin ser una película para la Historia, desde luego.

Sean Connery está en la que, en mi modesta opinión, es su mejor época, así que, para los que nos gusta, es un gran aliciente. Lorraine Bracco no es que esté espectacular, pero tampoco me parece merecida la nominación a Peor Actriz. He visto cosas bastante peores.

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Libro publicado en enero de 2016, originalmente en inglés, escrito por un eminente neurocirujano británico, Henry Marsh, un hombre con gran vocación por la Neurocirugía, gran formación intelectual y amplia experiencia.

Es un lectura amena e interesante, donde, por medio de una serie de casos clínicos se desarrolla un relato autobiográfico. El libro evoluciona a lo largo de las páginas, haciendo que la segunda mitad sea mucho más interesante que la primera.

En cierta ocasión me decía un neurocirujano: “qué sacerdocio de especialidad…”. Efectivamente, en pocas especialidades se aprecia con tanta claridad la relación entre el acto médico y la consecuencia. En general esta relación es más visible en la cirugía que en la medicina. Cuando un paciente vive durante años gracias a un tratamiento médico es difícil saber qué hubiera pasado si no se le hubiera administrado, pero de igual manera es difícil demostrar que un tratamiento no óptimo lleve a una muerte precoz. En la cirugía esta relación es más evidente, pero, salvo en casos de catástrofe, tampoco está claro qué porcentaje de responsabilidad tiene el cirujano en un mayor o menor éxito. Por poner un ejemplo, si un traumatólogo opera una fractura, esta queda inmovilizada un tiempo y luego se comienza la movilización y la rehabilitación hasta la recuperación de la función del miembro afecto. Si esta no se produce, o al menos no completamente, es difícil saber si el problema está en el tipo de lesión, la técnica quirúrgica, la rehabilitación o la implicación del propio paciente en su curación. En la Neurocirugía no. El paciente se despierta de la anestesia y no ve, o no habla, o no mueve un miembro. En el mismo quirófano. Cada complicación cae sobre la espalda del cirujano, aunque sea una complicación independiente de la habilidad técnica o fuera necesaria para obtener un bien mayor. Pero esta relación tiene su doble vertiente: alimenta ese “sacerdocio” del que hablaba mi compañero, pero también la soberbia del supercirujano. La evidencia del resultado, cuando es positivo, alimenta la admiración por parte de pacientes y familiares, y eso a su vez alimenta una imagen social. Y hay quien no sabe gestionar eso…

En los primeros capítulos concreta casos clínicos, en los que se habla de supuestos errores médicos y/o efectos adversos, pero de forma tangencial. Estos casos están protagonizados por la pericia y gran capacidad técnica del supercirujano, que con cierta falsa modestia desgrana sus éxitos personales, si acaso empañados por alguna complicación inevitable. Los errores reales son cometidos por otros (cuenta como un médico residente opera mal a un paciente y él se culpa de no haberlo operado…) y en caso de que ocurra una complicación inevitable es en pacientes incurables a los que esperaba un terrible final… En ocasiones con alguna frase de vanidad casi sonrojante (“me han dicho que es usted uno de los mejores neurocirujanos del país”). De esta parte me ha gustado mucho la visión poética de la Neurocirugía. Una visión romántica con el uso frecuente de metáforas arquitectónicas, marineras, medievales…, que le permiten además explicar complejas técnicas quirúrgicas con un lenguaje asequible para todos.

Pero a medida que se avanza es como si la segunda parte estuviera escrita en otra época de su vida personal y profesional. Ya no siente la necesidad de dar explicaciones o de dar una determinada imagen personal. Y entonces sí, comienza a hablar de sus conflictos internos, los conflictos reales de familias descontentas, el sentimiento de culpabilidad del médico ante la muerte del enfermo, de los errores humanos y cómo afrontarlos…; en fin, una lectura apasionante de un profesional con alta cualificación y experiencia. Y esta segunda parte, mucho más íntima, hace que el resultado final sea una lectura muy recomendable. Gran libro.

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El médico de Stalingrado es una película alemana de 1958 basada en una novela del mismo nombre de Heinz G. Konsalik. Dirigida por Géza von Radványi e interpretada por Otto Eduard Hasse, Eva BartokHanes Messemer. Narra la historia de un campo de prisioneros soviético en 1949, donde aún permanecen prisioneros alemanes capturados en la batalla de Stalingrado. Entre ellos hay un neurocirujano, Fritz Böhler (O.E. Hasse), que ejerce de médico de los alemanes, además de mando militar.

Película curiosa e interesante. A pesar de enfrentarse los dos sistemas políticos más devastadores de la Historia (la Unión Soviética comunista de Stalin y la Alemania nazi de Hitler), es una película de personas normales. Se establecen relaciones entre los prisioneros y sus guardianes, de necesidad, de odio, de amistad, de amor,… y todo esto con la enfermería de fondo y la relación que también se establece entre los médicos alemanes y los soviéticos.

Pasa de puntillas por el tema político, supongo que a propósito, para evitar una película de buenos y malos. Aunque se nota que la película es alemana. Es un poco “mire usted, que no todos éramos nazis…” muy apropiado para los años 50. Y a cambio, tampoco los soviéticos son todos comunistas. Tablas.

En fin, en mi ignorancia cinematográfica no conocía esta película, y me ha gustado. Se la recomiendo…

 

 

Los números de 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 13.000 veces en 2015. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 5 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

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Antón Pávlovich Chéjov nació en Taganrog (Rusia), una ciudad fundada por Pedro I a orillas del Mar Azov, cerca de la frontera con Ucrania, un 29 de enero de 1860 (17 de enero en el calendario juliano). Era de familia humilde. De hecho, su abuelo era un siervo ruso que logró su liberación y la de los suyos pagando 700 rublos por cabeza. Antón era el tercero de seis hermanos. Su padre regentaba una humilde tienda de ultramarinos.

Por dificultades económicas su familia se ve obligada a emigrar a Moscú en 1875, y él se queda terminando el bachillerato en el Liceo de Taganrog hasta 1879, en que se reúne de nuevo con ellos. Ese año comienza a estudiar Medicina en la Universidad de Moscú, donde se licencia en 1884.

Inicialmente ejerce la profesión, y, contra lo que se puede leer en algunas fuentes, con verdadera vocación. Él mismo escribe en una de sus cartas, en 1886: “soy médico y siento una gran pasión por la Medicina de modo que el proverbio sobre las dos liebres (“el que sigue dos liebres, tal vez cace una, y muchas veces, ninguna”) nunca quitó tanto el sueño a nadie como a mí”. Compra un terreno y pone dispensario y escuela. Se gana la vida con la Medicina, pero atiende a los enfermos sin recursos de manera gratuita.

A finales de la década de los 80 contrae tuberculosis. Entonces se cree que es por contagio de sus enfermos, pero unos años antes había estado cuidando a su hermano, que murió de esta misma enfermedad. Eso le obliga a dejar la profesión, aunque seguirá atendiendo a quien se lo requiera. También participa en varias campañas puestas en marcha para atajar las consecuencias de penurias y epidemias, como la que azotó la Rusia meridional en 1892-93. En 1901 contrae matrimonio con Olga Leonárdovna Knipper.

Su labor literaria comienza durante sus estudios universitarios. Por una modesta cantidad (5 kopecks por línea), con la que ayuda a su familia, escribe relatos cortos para diarios y semanales. Son relatos de humor sobre la vida rusa de la época. Una vez licenciado continúa escribiendo, artículos ya más elaborados, y publica sus primeros libros de relatos. En 1887 gana el premio Pushkin por su colección de relatos cortos Al Amanecer.

En los años de enfermedad pasa largos periodos en Niza o Crimea, siguiendo las recomendaciones de la época de vivir en zonas templadas. En 1904, ya gravemente enfermo, se traslada al balneario de Badenweiler, en la Selva Negra alemana. Allí fallecerá el 15 de julio de ese mismo año.

Encuadrado dentro de la corriente del Realismo Ruso, maestro del teatro y el relato corto, disfrutó de una merecida fama en su país de escritor importante, pero hasta después de su muerte no trascendió su figura al resto del Mundo para convertirse en uno de los máximos exponentes de la literatura del S. XIX.

Aunque en este caso este médico que no ejerce sí ejerció, es un claro exponente del perfil que buscamos en esta sección. Conocido por sus actividades al margen de la Medicina, pero médico al fin y al cabo.

Aprovecho para desearles a todos una Feliz Navidad.

2013. El Médico

el-medico-cartel-2El Médico es una película alemana de 2013, basada en la novela homónima de Noah Gordon, de la que ya hemos hablado en este blog. Dirigida por Philipp Stölzl e interpretada por Tom Payne, Stellan Skarsgard, Ben Kingsley y Emma Rigby. Cuenta la historia de Robert Cole, un niño inglés que queda huérfano y sirve a las órdenes de un cirujano barbero. Pero su inquietud por el conocimiento de la Medicina lo hace viajar por todo el mundo para entrar en la Madraza de Ibn Sina (Avicena).
Aunque suene a tópico, y aunque lo sea, el libro es mejor. La película, aún así, no está mal. La historia es la misma, con pequeñas variaciones, y por lo tanto no deja de ser una buena historia, pero si algo tiene el libro es ritmo. Un ritmo trepidante que te obliga a seguir leyendo. Y es lo que le falta a la película. Por momentos se hace un poco lenta, y aunque parezca paradójico, tiene prisa por meter el libro entero en dos horas y media.
Pero, como digo, es un rato entretenido. Y además, siempre es un placer ver a Ben Kingsley. Y si hace de un personaje como Avicena, pues mejor. También muy bien Stellan Skarsgard. Los jóvenes están un escalón por debajo.