Esta noche he soñado que escribía sobre esto, así que, aunque no soy yo dado a las supersticiones ni premoniciones, les cuento una pequeña historia.

Si le preguntan a cualquier persona cuál fue el primer cadáver que vio en su vida, se lo sabrá decir con exactitud. Normalmente será la abuela, el vecino, o cualquier otra persona más o menos allegada. Se acordará de dónde lo vio, en qué circunstancias y, curiosamente, de la temperatura que hacía. No se por qué, pero le dirá si hacía frío o calor, si era invierno o verano.

Pero si le pregunta a un médico cuál fue el primer cadáver que vio en la práctica o, más frecuentemente, en el aprendizaje de su profesión, también se lo sabrá decir. Y se acordará del nombre. A pesar de ser una persona desconocida, sobre la que no tenía ninguna responsabilidad clínica, a cuya familia no ha vuelto a ver, y que se ha sucedido de otras decenas o centenas (depende de la especialidad) de cadáveres, se lo sabrá decir.

Pues esa es la historia que les voy a contar. Podrá parecer macabro, pero no lo es, porque esta noche me acordé de él. De Joaquín.

Hace de esto 16 años, era enero de 1996. Era yo estudiante de cuarto de carrera y, entre mis prácticas habituales, estaba el rotatorio de Patología Médica.

Tenía un amigo tres años mayor que yo, que acababa de aprobar el examen MIR y comenzaba su residencia en la planta de Medicina Interna, con un médico internista de cincuentaytantos, con abundantes conocimientos, amplia experiencia, y afición docente. Y estaba mi amigo tan entusiasmado con su nueva vida que me ofreció un pequeño hueco, habló con el internista y empecé yo también a ir por las mañanas. Iba a clase de ocho a diez, y a las diez y media empezaba mis nuevas prácticas, hasta las doce y media. O hasta las dos, los días que había faena.

Cuando empecé a ir ya estaba ingresado Joaquín. Era un hombre de 38 años. Tenía dos hijos pequeños. Su mujer estaba allí todos los días. Me recordaba físicamente a la madre de un amigo, que se llama Mª Ángeles, así que siempre he creído recordar que ella se llamaba igual. Probablemente se llama de otra manera, pero para mí es Mª Ángeles. Era una mujer elegante, educada, discreta. Hacía pocas preguntas, pero siempre eran pertinentes. Cuando terminaba la visita diaria se salía de la habitación para recibir la información, y los más de los días, a esa altura de la enfermedad, la información consistía en unos hombros encogidos, una boca apretada y una palmada en el hombro.  Ella sonreía con tristeza, y daba las gracias.

Joaquín tenía un carcinoma hepático. De esos que uno se pregunta por qué se lleva por delante a un hombre de 38 años con dos niños, que no tiene antecedentes médicos de interés, que no ha bebido más de lo que hemos bebido los demás, y de esos que no dan tiempo ni para prepararse.

Ignoro si sabía lo que le esperaba antes de ir al hospital. Ignoro si sabía lo que le esperaba una vez ingresado. Yo no llegué a hablar con él, porque cuando yo lo conocí no estaba ya más que para hablar lo mínimo.

Una mañana, cuando pasamos sala, estaba ya agonizando. Fue el único día que Mª Ángeles lloró, una única lagrima, en silencio. El médico le echó la mano por el hombro y le acarició la cabeza. No le dijo nada.

Nos avisó la enfermera un rato después. Fuimos a la habitación y vimos que no respiraba. Y es esa la imagen que recuerdo con nitidez.

Se llamaba Joaquín. Descanse en paz.

Anuncios