En alguna ocasión me han preguntado por qué no añado a mi blog series de Medicina. Ya que hay películas, cuadros, esculturas o libros, ¿por qué no también series?

Muy sencillo: soy seriefobo. Lo digo sin rubor, o mejor, lo repito sin rubor, soy seriefobo. Esas series tan de moda al estilo americano en las que se entrecruzan una historia independiente en cada capítulo con una historia en cada temporada con una historia general, me cargan. Esas series en las que siempre hay una tensión sexual no resuelta entre los protagonistas, que invariablemente se resuelve en la segunda temporada, lo más tardar la tercera, me cargan. Esas series con guiones clonados, sucesores de las telenovelas venezolanas, donde según el nivel de audiencia pueden estar dos secundarios intentando liarse cuatro capítulos o puede morir la mitad del elenco en diez minutos, me cargan.

Y sin son de hospitales, peor. Desde una cirugía extracorpórea en un ascensor hasta el proceso diagnóstico esperpéntico de House, pasando por los médicos que igual diagnostican una TBC renal en un niño de cuatro años que operan un tumor cerebral del director del hospital. Vamos, lo normal.

No sé quién decía que en el cine (me vale para las series) no se trataba de realidad, sino de realismo. Es lo que hace que me pueda creer que exista Darth Vader mientras veo La Guerra de las Galaxias pero tenga que cambiar de canal cuando oigo hablar a House.

A mí me gustan las series que tienen una historia que contar, y sólo una, con un principio y un fin, independientemente de la audiencia. Son como películas largas, cortadas en trozos. Y de esas me temo que ya no se hacen.

Esa es la razón por la que House, Anatomía de Grey, Hospital Central, etc, etc, no van a aparecer en este blog.

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