Archive for diciembre, 2016


cartel_los_ultimos_dias_del_eden_0

Película estadounidense estrenada en 1992, que lleva por título original Medicine Man, dirigida por John McTiernan e interpretada por Sean Connery y Lorraine Bracco. Fue nominada a Peor Actriz en los premios Razzie de su año.

En lo más profundo de la Selva del Amazonas el Dr. Campbell (Sean Connery) tiene un laboratorio rudimentario con el que investiga un suero que parece ser el remedio contra el cáncer. Para completar su investigación solicita al laboratorio que lo financia material y un ayudante, y le envían a la Dra. Crane (Lorraine Bracco), una bioquímica joven con gran curriculum, pero sin experiencia en la investigación de campo.

Se unen varios frentes en esta película: la relación entre los indígenas del Amazonas y el hombre blanco, la destrucción de la Selva por la llegada de la civilización, la investigación de enfermedades tropicales in situ (aunque en este caso se trate de un linfoma), la relación profesional y personal entre dos investigadores de diferente generación y sexo, la rivalidad del hechicero de la tribu con el nuevo hechicero blanco por el poder de sus remedios,… Y al final la película es bastante entretenida, sin ser una película para la Historia, desde luego.

Sean Connery está en la que, en mi modesta opinión, es su mejor época, así que, para los que nos gusta, es un gran aliciente. Lorraine Bracco no es que esté espectacular, pero tampoco me parece merecida la nominación a Peor Actriz. He visto cosas bastante peores.

Ante todo no hagas daño_135X220

Libro publicado en enero de 2016, originalmente en inglés, escrito por un eminente neurocirujano británico, Henry Marsh, un hombre con gran vocación por la Neurocirugía, gran formación intelectual y amplia experiencia.

Es un lectura amena e interesante, donde, por medio de una serie de casos clínicos se desarrolla un relato autobiográfico. El libro evoluciona a lo largo de las páginas, haciendo que la segunda mitad sea mucho más interesante que la primera.

En cierta ocasión me decía un neurocirujano: “qué sacerdocio de especialidad…”. Efectivamente, en pocas especialidades se aprecia con tanta claridad la relación entre el acto médico y la consecuencia. En general esta relación es más visible en la cirugía que en la medicina. Cuando un paciente vive durante años gracias a un tratamiento médico es difícil saber qué hubiera pasado si no se le hubiera administrado, pero de igual manera es difícil demostrar que un tratamiento no óptimo lleve a una muerte precoz. En la cirugía esta relación es más evidente, pero, salvo en casos de catástrofe, tampoco está claro qué porcentaje de responsabilidad tiene el cirujano en un mayor o menor éxito. Por poner un ejemplo, si un traumatólogo opera una fractura, esta queda inmovilizada un tiempo y luego se comienza la movilización y la rehabilitación hasta la recuperación de la función del miembro afecto. Si esta no se produce, o al menos no completamente, es difícil saber si el problema está en el tipo de lesión, la técnica quirúrgica, la rehabilitación o la implicación del propio paciente en su curación. En la Neurocirugía no. El paciente se despierta de la anestesia y no ve, o no habla, o no mueve un miembro. En el mismo quirófano. Cada complicación cae sobre la espalda del cirujano, aunque sea una complicación independiente de la habilidad técnica o fuera necesaria para obtener un bien mayor. Pero esta relación tiene su doble vertiente: alimenta ese “sacerdocio” del que hablaba mi compañero, pero también la soberbia del supercirujano. La evidencia del resultado, cuando es positivo, alimenta la admiración por parte de pacientes y familiares, y eso a su vez alimenta una imagen social. Y hay quien no sabe gestionar eso…

En los primeros capítulos concreta casos clínicos, en los que se habla de supuestos errores médicos y/o efectos adversos, pero de forma tangencial. Estos casos están protagonizados por la pericia y gran capacidad técnica del supercirujano, que con cierta falsa modestia desgrana sus éxitos personales, si acaso empañados por alguna complicación inevitable. Los errores reales son cometidos por otros (cuenta como un médico residente opera mal a un paciente y él se culpa de no haberlo operado…) y en caso de que ocurra una complicación inevitable es en pacientes incurables a los que esperaba un terrible final… En ocasiones con alguna frase de vanidad casi sonrojante (“me han dicho que es usted uno de los mejores neurocirujanos del país”). De esta parte me ha gustado mucho la visión poética de la Neurocirugía. Una visión romántica con el uso frecuente de metáforas arquitectónicas, marineras, medievales…, que le permiten además explicar complejas técnicas quirúrgicas con un lenguaje asequible para todos.

Pero a medida que se avanza es como si la segunda parte estuviera escrita en otra época de su vida personal y profesional. Ya no siente la necesidad de dar explicaciones o de dar una determinada imagen personal. Y entonces sí, comienza a hablar de sus conflictos internos, los conflictos reales de familias descontentas, el sentimiento de culpabilidad del médico ante la muerte del enfermo, de los errores humanos y cómo afrontarlos…; en fin, una lectura apasionante de un profesional con alta cualificación y experiencia. Y esta segunda parte, mucho más íntima, hace que el resultado final sea una lectura muy recomendable. Gran libro.