Category: Imprescindibles


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No serás un extraño es una novela escrita por Morton Thomson, originalmente en inglés, editada por primera vez en 1954. Cuenta la biografía de Lucas Marsh y su vocación por la Medicina, desde la primera infancia. La historia se divide tres partes claramente diferenciadas, aunque sin solución de continuidad entre ellas: Lucas niño, Lucas estudiante y Lucas médico. Cada etapa se desarrolla en sitios diferentes, con personajes diferentes y en ambientes diferentes. Y en cada una de ellas se respiran también diferentes conflictos: primero con la familia, después con compañeros y profesores y finalmente con colegas y pacientes. En las dos últimas le acompaña su mujer, Kris, una enfermera con la que se casa por interés, aunque ella sí lo quiere y admira.

Novela extraordinaria tanto en la forma como en el fondo. La descripción de los ambientes en los que se desarrolla, no sólo los lugares, es tan completa que supone un verdadero viaje al interior del libro. Y los conflictos a los que se enfrenta el protagonista (que son muchos, porque la vocación es estimulante, pero implacable, lo que le hace un inadaptado en cualquier entorno), son tan reales como los que podamos ver hoy por hoy en cualquier hospital o consulta de nuestra ciudad. Mezcla la vida cotidiana con el estudio o el ejercicio de la Medicina, por lo que emplea frecuentes términos clásicos o formas de diagnosticar y tratar que resultan curiosas e interesantes.

Coherente con su época, presenta un concepto clásico de la Medicina, en la que la lucha contra la enfermedad tiene la salud como victoria y la muerte del paciente como derrota. Pero también muestra una visión totalmente actual del médico que ve al enfermo como accesorio, y la Medicina como protagonista. El enfermo se convierte en un mal necesario para la práctica de la Ciencia. En los años 20 en que se desarrolla la historia hablamos de diagnóstico y tratamiento, tanto médico como quirúrgico. Hoy habría que añadir el máster y la publicación, el currículo y la ponencia.

Una de las lecturas más estimulantes de los últimos tiempos. Y el hecho de que repase casi todos los conflictos con los que se puede encontrar un médico o un estudiante de Medicina hacen que se convierta en un imprescindible de nuestro blog.

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arbolciencia

Novela escrita originalmente en español por Pío Baroja, editada por primera vez en 1911 por la editorial Renacimiento. La segunda edición, en 1918, fue modificada por el autor. Yo la he leído en la edición de Pío Caro Baroja, sobrino de Pío Baroja, de forma casual, y me parece una gran edición. Las notas aclaratorias están muy bien dosificadas, facilitando la comprensión sin torpedear la lectura. Especialmente interesantes las notas biográficas sobre personajes a los que se hace referencia como conocidos en la época, que son personajes reales; sin ellas se perdería gran parte del sentido de los diálogos.

El árbol de la Ciencia es una novela dramática, casi podríamos decir trágica, en la que queda perfectamente reflejado aquello que estudiamos en el Bachillerato del pesimismo de la Generación del 98. Es una lectura agria por el clima imperante de miseria y decadencia desde la primera página hasta la última. Cuenta la historia de Andrés Hurtado, un muchacho de clase media burguesa que entra en la Facultad de Medicina hasta licenciarse y luego trabaja en un pueblo de Castilla La Mancha. Es una novela autobiográfica, bastante ajustada a la realidad, en la que Pio Baroja muestra, en primer lugar, su falta de vocación por la Medicina, además de la constante preocupación por las miserias de la época, no sólo económicas sino también humanas. Por medio de conversaciones con su tío Iturrioz, médico támbién (y también personaje real cambiado de nombre) muestra su interés por la filosofía (fundamentalmente Kant y Schopenhauer) y su aplicación a la vida diaria, una vida desdichada marcada por la tragedia (en la muerte de su hermano) y por la autoexclusión social.

La descripción de la enseñanza recibida en la Facultad muestra profesores desfasados (entre ellos nuestro ya conocido Dr. Letamendi, al que pone como los trapos) y ausencia absoluta de interés por el enfermo como persona, tanto en profesores como alumnos; y su posterior ejercicio de la profesión supone un fracaso, por su incapacidad para la integración en una sociedad de provincias de la época, y su disgusto constante por la decadencia de sus enfermos, de los que llega a sentir asco por su forma de sobrevivir. El único personaje que se sale de la autobiografía es Lulú, una muchacha desvergonzada y simpática que, junto a su tío Iturrioz, será el único consuelo del protagonista.

Por ser una obra maestra de nuestra literatura, por mostrarnos que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor, y por acercarnos al mundo de la Medicina del S. XIX, El árbol de la Ciencia entra en nuestra sección de Imprescindibles por méritos propios.

El 25 de octubre de 1906, el Instituto Carolino de Estocolmo comunica oficialmente a Santiago Ramón Y Cajal que ha sido galardonado con el Premio Nobel de Medicina o Fisiología, mediante un telegrama que dice: “Carolinische Institut verleihen Sie Nobelpreis” (“El Instituto Carolino le concede el Premio Nobel”). Inicialmente él piensa que es una broma de sus estudiantes, y no le da mayor importancia. A la mañana siguiente, al leerlo en los periódicos, se convence de que el telegrama es auténtico.

El Premio de Santiago Ramón y Cajal es el único Nobel de ciencias genuina y realmente español. Si bien es cierto que Severo Ochoa también lo recibió (1959), y si bien es cierto que Severo Ochoa es español, el Premio Nobel le fue concedido por sus investigaciones en Estados Unidos, lo que, sin quitarle mérito, sí lo hace un poco menos nuestro.

Santiago Ramón y Cajal, considerado hoy día como padre de las Neurociencias, tomó contacto con el sistema nervioso de una forma casi casual. Decepcionado desde su época de estudiante porque no hubiera un tratado de histología español, y con imágenes españolas, se puso manos a la obra, publicando en 1884 su Manual de Histología Normal y Técnica Micrográfica, con sólo 32 años. En su libro Recuerdos de mi vida, escribe: “Sentíame avergonzado y dolorido al comprobar que los pocos libros anatómicos e histológicos, no traducidos, publicados hasta entonces en España, carecían de grabados originales y ofrecían exclusivamente descripciones servilmente copiadas de las obras extranjeras”. En 1890 publica el Manual de Anatomía Patológica General.

En 1873, Camilo Golgi descubre un nuevo método de tinción para los tejidos del sistema nervioso a base de sales de plata y dicromato potásico, que él mismo llamó “la reacción negra”. Publicó su hallazgos en la Gazzeta Médica Italiana Lombarda, con mínima difusión. Casi 15 años después, en 1887, Albert von Kölliker, un eminente patólogo alemán, visita a Golgi y conoce su metodo de tinción, dandolo a conocer al mundo. El inconveniente que presenta esta preparación es la inconstancia de los resultados: sólo teniendo la suerte de que el corte sea ideal las imágenes son fiables.

Gracias a su método de tinción, Golgi demuestra que las dendritas terminan libremente, y no se continúan con la neurona adyacente, y sin embargo, se adhirió a la teoría reticular, que explica el sistema nervioso como una red, pensando que las dendritas eran terminaciones para obtener nutrientes.

En 1887 Santiago Ramón y Cajal viaja a Madrid para formar parte de un tribunal de oposiciones, y visita a Luis Simarro, neurólogo, que le muestra unas preparaciones teñidas con la reacción negra. En aquel momento Ramón y Cajal recolectaba imágenes para su Manual, y comienza a utilizar el método de Golgi. Consciente de las limitaciones del método prueba distintas formas de mejorarlo, lográndolo finalmente con una segunda tinción argéntica tras un baño dicrómico. Así consigue resultados constantes.

El 1 de mayo de 1888 publica: “nosotros hemos hecho prolijas investigaciones sobre la marcha y conexiones de las fibras nerviosas y no hemos logrado nunca ver una anastomosis entre ramificaciones de dos prolongaciones nerviosas, ni tampoco entre los filamentos emanados de una misma expansión de Deiters; las fibras se entrelazan por modo complicadísimo, engendrando un plexo intrincado y tupido, pero jamás una red”. Acababa de nacer la teoría neuronal de la estructura del sistema nervioso, y con ella, la Neurociencia moderna. Desde entonces hasta el 2 de octubre de 1889 publica 18 trabajos en los que desarrolla completamente su teoría.

Convencido de la necesidad de dar a conocer su trabajo en la esfera internacional, acude en la primera quincena de octubre de 1889 a Berlín, a la reunión internacional organizada por la Sociedad Anatómica Alemana, donde se reunían todos los patólogos de renombre europeos. Los gastos corrieron, por supuesto, de su cuenta. Allí llamó aparte a Kölliker, el mismo que dio a conocer el método de Golgi, y le enseñó sus preparaciones. Su respuesta fue: “los resultados obtenidos por usted son tan bellos que pienso emprender inmediatamente, ajustándome a su técnica, una serie de trabajos de confirmación. Le he descubierto a usted, y deseo divulgar a Alemania mi conocimiento”.

Santiago Ramón y Cajal fue propuesto para el Premio Nobel desde su primera edición, en 1901. Desde 1902 se encargó a Emil Holmgrem, catedrático de Histología de la Universidad de Estocolmo, la redacción de un informe sobre las aportaciones de Ramón y Cajal y Golgi. En el informe de 1906 escribe: “si tenemos en cuenta por una parte los logros alcanzados por Golgi y por otra los de Cajal en la investigación del sistema nervioso uno no puede, en justicia, evitar la conclusión final de que Cajal es notablemente superior a Golgi. Cajal no ha llevado a cabo su ciencia mediante correcciones singulares de observaciones realizadas por otros (…) sino que ha sido el que ha construido casi todo el armazón de nuestra estructura de pensamiento”. Sin embargo, el Premio Nobel de Medicina de 1906 fue compartido por los dos científicos.

En 1921 Cornelius Ubbo Ariëns Kappers, director del Instituto de Investigación Neurológica de la Real Academia Holandesa de Ciencias, con motivo de la recepción de los trabajos de Ramón y Cajal enviados por él mismo, le escribe: “estoy orgulloso de que mi Instituto los haya recibido de usted mismo, el más grande neurólogo que ha existido y que probablemente jamás existirá”.

Vida honesta y ordenada,

usar de pocos remedios

y poner todos los medios

en no alterarse por nada.

La comida, moderada,

ejercicio y distracción,

no tener nunca aprensión,

salir al campo algún rato,

poco encierro, mucho trato

y continua ocupación.

Dr. Letamendi

Oh Dios, llena mi alma de amor por mi arte y por todas las criaturas.

Que no admita que la sed de ganancia y el afán de gloria me influencien en el ejercicio de mi arte, porque los enemigos de la verdad y del amor de los hombres podrían fácilmente hacerme abusar y apartarme de hacer bien a tus hijos.

Sostén la fuerza de mi corazón para que esté siempre pronto a servir al pobre y al rico, al amigo y al enemigo, al bueno y al malo.

Haz que no vea en el hombre más que al que sufre.

Que mi espíritu se mantenga claro en el lecho del enfermo, que no se distraiga por cualquier pensamiento extraño, para que tenga presente todo lo que la experiencia y la ciencia le enseñaron; porque grandes y sublimes son los progresos de la ciencia que tienen como finalidad conservar la salud y la vida de todas las criaturas.

Haz que mis pacientes tengan confianza en mí y en mi arte y que sigan mis consejos y prescripciones.

Aleja del lecho de mis pacientes a los charlatanes, al ejército de parientes que dan mil consejos y a aquéllos que saben siempre todo; porque es una injerencia peligrosa que, por vanidad, hace malograr las mejores intenciones y lleva muchas veces a la muerte.

Si los ignorantes me censuran y escarnecen, otórgarne que el amor de mi arte, como una coraza, me torne invulnerable, para que pueda perseverar en la verdad sin atender al prestigio, al renombre y a la edad de mis detractores. Otórgame, Dios mío, la indulgencia y la paciencia necesaria al lado de los pacientes apasionados o groseros.

Haz que sea moderado en todo, pero insaciable en mi amor por la ciencia. Aparta de mí la idea de que lo puedo todo.

Dame la fuerza, la voluntad y la ocasión para ampliar cada vez más mis conocimientos.

Que pueda hoy descubrir en mi saber cosas que ayer no sospechaba, porque el arte es grande, pero el espíritu del hombre puede avanzar siempre más adelante.

Monumento a Maimonides. Plaza de Tiberiades. Córdoba

Como no podía ser de otra manera, nuestro primer imprescindible, y la primera entrada del blog, es el Juramento Hipocrático:

“Juro por Apolo, médico, por Esculapio,  Higías y Panacea y pongo por testigos a todos los dioses y diosas, de que he de observar el siguiente juramento, que me obligo a cumplir en cuanto ofrezco, poniendo en tal empeño todas mis fuerzas y mi inteligencia. Tributaré a mi maestro de Medicina el mismo respeto que a los autores de mis días, partiré con ellos mi fortuna y los socorreré si lo necesitaren; trataré a sus hijos como a mis hermanos y si quieren aprender la ciencia, se la enseñaré desinteresadamente y sin ningún género de recompensa. Instruiré con preceptos, lecciones orales y demás modos de enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro y a los discípulos que se me unan bajo el convenio y juramento que determine la ley médica, y a nadie más. Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia. No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante; me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios abortivos. Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No ejecutaré la talla, dejando tal operación a los que se dedican a practicarla. En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos. Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, sea o no del dominio de mi profesión, considerando como un deber el ser discreto en tales casos. Si observo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria.”