Category: Literatura y Medicina


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No serás un extraño es una novela escrita por Morton Thomson, originalmente en inglés, editada por primera vez en 1954. Cuenta la biografía de Lucas Marsh y su vocación por la Medicina, desde la primera infancia. La historia se divide tres partes claramente diferenciadas, aunque sin solución de continuidad entre ellas: Lucas niño, Lucas estudiante y Lucas médico. Cada etapa se desarrolla en sitios diferentes, con personajes diferentes y en ambientes diferentes. Y en cada una de ellas se respiran también diferentes conflictos: primero con la familia, después con compañeros y profesores y finalmente con colegas y pacientes. En las dos últimas le acompaña su mujer, Kris, una enfermera con la que se casa por interés, aunque ella sí lo quiere y admira.

Novela extraordinaria tanto en la forma como en el fondo. La descripción de los ambientes en los que se desarrolla, no sólo los lugares, es tan completa que supone un verdadero viaje al interior del libro. Y los conflictos a los que se enfrenta el protagonista (que son muchos, porque la vocación es estimulante, pero implacable, lo que le hace un inadaptado en cualquier entorno), son tan reales como los que podamos ver hoy por hoy en cualquier hospital o consulta de nuestra ciudad. Mezcla la vida cotidiana con el estudio o el ejercicio de la Medicina, por lo que emplea frecuentes términos clásicos o formas de diagnosticar y tratar que resultan curiosas e interesantes.

Coherente con su época, presenta un concepto clásico de la Medicina, en la que la lucha contra la enfermedad tiene la salud como victoria y la muerte del paciente como derrota. Pero también muestra una visión totalmente actual del médico que ve al enfermo como accesorio, y la Medicina como protagonista. El enfermo se convierte en un mal necesario para la práctica de la Ciencia. En los años 20 en que se desarrolla la historia hablamos de diagnóstico y tratamiento, tanto médico como quirúrgico. Hoy habría que añadir el máster y la publicación, el currículo y la ponencia.

Una de las lecturas más estimulantes de los últimos tiempos. Y el hecho de que repase casi todos los conflictos con los que se puede encontrar un médico o un estudiante de Medicina hacen que se convierta en un imprescindible de nuestro blog.

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Ante todo no hagas daño_135X220

Libro publicado en enero de 2016, originalmente en inglés, escrito por un eminente neurocirujano británico, Henry Marsh, un hombre con gran vocación por la Neurocirugía, gran formación intelectual y amplia experiencia.

Es un lectura amena e interesante, donde, por medio de una serie de casos clínicos se desarrolla un relato autobiográfico. El libro evoluciona a lo largo de las páginas, haciendo que la segunda mitad sea mucho más interesante que la primera.

En cierta ocasión me decía un neurocirujano: “qué sacerdocio de especialidad…”. Efectivamente, en pocas especialidades se aprecia con tanta claridad la relación entre el acto médico y la consecuencia. En general esta relación es más visible en la cirugía que en la medicina. Cuando un paciente vive durante años gracias a un tratamiento médico es difícil saber qué hubiera pasado si no se le hubiera administrado, pero de igual manera es difícil demostrar que un tratamiento no óptimo lleve a una muerte precoz. En la cirugía esta relación es más evidente, pero, salvo en casos de catástrofe, tampoco está claro qué porcentaje de responsabilidad tiene el cirujano en un mayor o menor éxito. Por poner un ejemplo, si un traumatólogo opera una fractura, esta queda inmovilizada un tiempo y luego se comienza la movilización y la rehabilitación hasta la recuperación de la función del miembro afecto. Si esta no se produce, o al menos no completamente, es difícil saber si el problema está en el tipo de lesión, la técnica quirúrgica, la rehabilitación o la implicación del propio paciente en su curación. En la Neurocirugía no. El paciente se despierta de la anestesia y no ve, o no habla, o no mueve un miembro. En el mismo quirófano. Cada complicación cae sobre la espalda del cirujano, aunque sea una complicación independiente de la habilidad técnica o fuera necesaria para obtener un bien mayor. Pero esta relación tiene su doble vertiente: alimenta ese “sacerdocio” del que hablaba mi compañero, pero también la soberbia del supercirujano. La evidencia del resultado, cuando es positivo, alimenta la admiración por parte de pacientes y familiares, y eso a su vez alimenta una imagen social. Y hay quien no sabe gestionar eso…

En los primeros capítulos concreta casos clínicos, en los que se habla de supuestos errores médicos y/o efectos adversos, pero de forma tangencial. Estos casos están protagonizados por la pericia y gran capacidad técnica del supercirujano, que con cierta falsa modestia desgrana sus éxitos personales, si acaso empañados por alguna complicación inevitable. Los errores reales son cometidos por otros (cuenta como un médico residente opera mal a un paciente y él se culpa de no haberlo operado…) y en caso de que ocurra una complicación inevitable es en pacientes incurables a los que esperaba un terrible final… En ocasiones con alguna frase de vanidad casi sonrojante (“me han dicho que es usted uno de los mejores neurocirujanos del país”). De esta parte me ha gustado mucho la visión poética de la Neurocirugía. Una visión romántica con el uso frecuente de metáforas arquitectónicas, marineras, medievales…, que le permiten además explicar complejas técnicas quirúrgicas con un lenguaje asequible para todos.

Pero a medida que se avanza es como si la segunda parte estuviera escrita en otra época de su vida personal y profesional. Ya no siente la necesidad de dar explicaciones o de dar una determinada imagen personal. Y entonces sí, comienza a hablar de sus conflictos internos, los conflictos reales de familias descontentas, el sentimiento de culpabilidad del médico ante la muerte del enfermo, de los errores humanos y cómo afrontarlos…; en fin, una lectura apasionante de un profesional con alta cualificación y experiencia. Y esta segunda parte, mucho más íntima, hace que el resultado final sea una lectura muy recomendable. Gran libro.

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Antón Pávlovich Chéjov nació en Taganrog (Rusia), una ciudad fundada por Pedro I a orillas del Mar Azov, cerca de la frontera con Ucrania, un 29 de enero de 1860 (17 de enero en el calendario juliano). Era de familia humilde. De hecho, su abuelo era un siervo ruso que logró su liberación y la de los suyos pagando 700 rublos por cabeza. Antón era el tercero de seis hermanos. Su padre regentaba una humilde tienda de ultramarinos.

Por dificultades económicas su familia se ve obligada a emigrar a Moscú en 1875, y él se queda terminando el bachillerato en el Liceo de Taganrog hasta 1879, en que se reúne de nuevo con ellos. Ese año comienza a estudiar Medicina en la Universidad de Moscú, donde se licencia en 1884.

Inicialmente ejerce la profesión, y, contra lo que se puede leer en algunas fuentes, con verdadera vocación. Él mismo escribe en una de sus cartas, en 1886: “soy médico y siento una gran pasión por la Medicina de modo que el proverbio sobre las dos liebres (“el que sigue dos liebres, tal vez cace una, y muchas veces, ninguna”) nunca quitó tanto el sueño a nadie como a mí”. Compra un terreno y pone dispensario y escuela. Se gana la vida con la Medicina, pero atiende a los enfermos sin recursos de manera gratuita.

A finales de la década de los 80 contrae tuberculosis. Entonces se cree que es por contagio de sus enfermos, pero unos años antes había estado cuidando a su hermano, que murió de esta misma enfermedad. Eso le obliga a dejar la profesión, aunque seguirá atendiendo a quien se lo requiera. También participa en varias campañas puestas en marcha para atajar las consecuencias de penurias y epidemias, como la que azotó la Rusia meridional en 1892-93. En 1901 contrae matrimonio con Olga Leonárdovna Knipper.

Su labor literaria comienza durante sus estudios universitarios. Por una modesta cantidad (5 kopecks por línea), con la que ayuda a su familia, escribe relatos cortos para diarios y semanales. Son relatos de humor sobre la vida rusa de la época. Una vez licenciado continúa escribiendo, artículos ya más elaborados, y publica sus primeros libros de relatos. En 1887 gana el premio Pushkin por su colección de relatos cortos Al Amanecer.

En los años de enfermedad pasa largos periodos en Niza o Crimea, siguiendo las recomendaciones de la época de vivir en zonas templadas. En 1904, ya gravemente enfermo, se traslada al balneario de Badenweiler, en la Selva Negra alemana. Allí fallecerá el 15 de julio de ese mismo año.

Encuadrado dentro de la corriente del Realismo Ruso, maestro del teatro y el relato corto, disfrutó de una merecida fama en su país de escritor importante, pero hasta después de su muerte no trascendió su figura al resto del Mundo para convertirse en uno de los máximos exponentes de la literatura del S. XIX.

Aunque en este caso este médico que no ejerce sí ejerció, es un claro exponente del perfil que buscamos en esta sección. Conocido por sus actividades al margen de la Medicina, pero médico al fin y al cabo.

Aprovecho para desearles a todos una Feliz Navidad.

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Novela escrita por Gilbert Sinoué en 1989, originalmente en francés. Es la biografía novelada de Avicena (Ali Ibn Sina), uno de los personajes más destacados (el más) de la Persia del S. XI. Médico, filósofo, matemático y político, en su obra más conocida, el Canon, desarrolla todos los conocimientos médicos de su época. Se narra su vida desde los 16 años hasta su muerte, con 57, tratando sus distintas facetas como sabio y político, y abundando en su vida personal.

Es una novela interesante que, sin embargo, deja una sensación agridulce. Es una buena lectura, pero no el gran libro que uno espera encontrar. El abundante trabajo de documentación lo hace una biografía de Avicena novelada, muy fiable en cuanto a los datos históricos, pero precisamente la necesidad de introducir tantos datos de tantos personajes reales acaba encorsetando la acción y haciéndola poco natural. Poco conseguida la narración de los actos médicos de Ibn Sina, que parece un médico del S. XXI que hubiera saltado en el tiempo, haciendo interpretaciones diagnósticas poco creíbles para su tiempo, y curaciones más cerca de la magia que de la ciencia (diagnostica una depresión de enamorados por la toma del pulso arterial). Cada dos o tres capítulos es como cuando esperábamos que el Equipo A convirtiera la furgoneta en un carro de combate con cuatro chapas de uralita o que McGyver hiciera una bomba con un bote de mercromina y un plátano.

Muy bien para conocer la figura de uno de los médicos más grandes de la Historia.

La casa de Dios

La Casa de Dios, escrita por Samuel Shem, publicada por primera vez en 1978 y editada en España por Anagrama. Es una novela ambientada en los años 70, y se desarrolla en un hospital judío de los EEUU. En los años 70 y 80 del siglo pasado el avance técnico y científico de la Medicina permitía extremar los medios diagnósticos y terapéuticos hasta altos niveles de agresividad, produciéndose, por tanto, una alta incidencia de iatrogenia. Posteriormente se comprobó que el empleo de estas técnicas no sólo no mejoraba los niveles de supervivencia, sino que los empeoraba, lo que llevó a una adecuación de los medios a las necesidades clínicas. De la misma forma, el debate sobre la atención al paciente en el final de la vida se desarrolló de forma sistemática a partir de los años 90, apareciendo la limitación del esfuerzo terapéutico y proporcionando los medios empleados a la viabilidad y la calidad de la vida, y a las necesidades de cada momento.

En La Casa de Dios se narra la historia de Roy Basch, un médico interno residente que entra en el primer año de formación asistencial en el hospital que da nombre al libro. El sistema de aprendizaje es el típico sistema MIR americano: horas y horas de asistencia continuada, guardias cada 2 o 3 días, responsabilidades por encima del nivel de capacitación y alta presión desde las instancias superiores. Dentro de este estresante panorama el único punto de luz es El Gordo, un residente de segundo año que, con altas dosis de cinismo y aparente crueldad (que no es tal) enseña a los nuevos lo que realmente deben saber, ayudándose de sus particulares principios fundamentales: las reglas del Gordo (la que más me gusta es la regla número III: “en caso de parada cardíaca, lo primero que hay que hacer es tomarse el propio pulso”). En las distintas rotaciones hospitalarias, el Dr. Basch aprende a convivir con los gomer (sobrenombre que se da a los ancianos pluripatológicos), y su visión de la enfermedad y el sufrimiento va deteriorando su estabilidad psicológica.

Con este cocktail Samuel Shem hace una novela hilarante en la que las situaciones absurdas se suceden, abusando de los tópicos y la exageración para lograr un resultado muy divertido, no apto para personas sensibles. Y, un poco más en profundidad, salvando el salto de tiempo y espacio, no somos tan diferentes. El humor negro del residente existe, los sobrenombres a los ancianos pluripatológicos existen (cocodrilo, o mixtolobo, he conocido yo), el sexo entre el personal del hospital existe (eso dicen…), las depresiones en los residentes existen  y el “acicalar” y “largar” a los pacientes a otras secciones del hospital están a la orden del día.

Por poner pegas, la repetición constante de situaciones exageradas hace que pierda el ritmo en el segundo tercio del libro, y queda un poco monótono. Y la traducción al español es mejorable. El traductor no debe de ser médico, y se nota en el uso de la terminología. Abusa de la literalidad (habla de “bombear” para describir un masaje cardíaco. En español no se utilizaría nunca ese verbo) y carece de la imaginación necesaria para adecuar el sentido, más que las palabras. Sin ir más lejos, gomer es el acrónimo de “Get Out of My Emergency Room”, en español no tiene sentido.

En fin, a pesar del paso del tiempo sigue siendo una novela muy recomendable. No entra en los imprescindibles por los pelos.

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La puerta de la esperanza es un libro escrito por José Luis Olaizola en 1990, y está basado en unas conversaciones con Juan Antonio Vallejo-Nágera. Cuando este es diagnosticado de un carcinoma de cabeza de páncreas decide escribir una autobiografía, pero previendo las dificultades del trabajo por los efectos de la enfermedad y el tratamiento, le encarga el trabajo a su amigo José Luis. A partir de ese momento se reúnen en casa del médico y charlan sobre su vida, y sobre lo divino y lo humano. Para completar el trabajo el autor se reúne igualmente con otras personas de la familia, entre los que se cuenta el entonces Arzobispo de Sevilla, F. Carlos Amigo Vallejo.

Cuando uno lee un libro de un médico psiquiatra, catedrático de Psiquiatría, académico de Medicina, pintor y escritor; en definitiva, un clínico-humanista, además de reconocido carácter religioso (católico practicante) en situación terminal, piensa que va a encontrar respuestas al eterno arcano de la muerte y la transición. Y precisamente eso es lo que lleva a una primera impresión de vacío. No las hay. Pero después, entendiendo que no las hay porque no las puede haber, se lee una tranquila conversación entre dos amigos, un repaso biográfico de la vida de Juan Antonio Vallejo-Nágera con desviaciones filosóficas, antropológicas, psicológicas… multitud de aristas que conforman un todo sencillo, pero completo. Está escrito en un lenguaje coloquial, algo rancio y en ocasiones políticamente incorrecto, siendo por ello más fresco, aunque parezca paradójico (creo que fue Andy Warhol, aunque no estoy muy seguro, el que dijo que “dentro de poco todos podremos decir lo que pensamos, porque todos pensaremos igual”).

Es un interesante libro-homenaje, para conocer mejor la figura de un médico insigne, y del que al final sí que se pueden extraer algunas conclusiones. Sólo hay que buscarlas.

El medico del tiempo

El médico del tiempo es una novela escrita originalmente en inglés (The physician´s tale) por Ann Benson, publicada en 2008 por la editorial Grijalbo. Es la tercera parte de La plaga y La ruta del fuego, pero como yo no lo he sabido hasta terminarlo, he empezado por el final. Quizás algún día me lea los otros.

Novela tipo best seller, para grandes públicos, en la discurren de forma paralela dos tramas, una en el pasado y otra en el futuro. Es, por tanto, haciendo un triple mortal carpado hacia delante, una novela histórica y de ficción. La primera de las historias discurre en el siglo XIV, durante la epidemia de peste que azotó Europa. Un médico judío, Alejandro Canches, lucha contra la enfermedad mientras interviene en las intrigas de palacio del rey Enrique III de Inglaterra, apoyado en su amigo íntimo, médico del Papa. Aunque parezca un tanto rebuscado, la acción se desarrolla con más naturalidad de la se pueda pensar. La segunda historia se desarrolla en un futuro más o menos lejano, en EEUU. Una plaga por una bacteria, el DR SAM (un Staphylococcus Aureus manipulado genéticamente y utilizado como arma química de destrucción masiva), ha asolado el Mundo tal como lo conocemos y la humanidad vive en pequeñas colonias, grupos reducidos, que emplean métodos ancestrales de supervivencia, intentando además aprovechar la tecnología que no ha quedado destruída. Igualmente, aunque parezca rebuscado, también se lee con naturalidad.

Obviamente las dos tramas se relacionan, casi se encuentran, y quizás ese es el punto más rebuscado de todo el libro. Pero es que hacer un triple mortal carpado hacia delante sin salpicar es muy complicado…

El resultado final es una imaginativa y entretenida novela, donde la acción fluye y se lee sin dificultad. Pero no esperen mucho más.

Andrés Bello fue un poeta venezolano nacido en 1781. Considerado uno de los humanistas más importantes de la España americana, desarrolló la mayor parte de su vida y su obra en Caracas, una de las ciudades más cultas de la América de finales del S. XVIII y principios del S. XIX.

El poema hay que contextualizarlo en una época en que la viruela era considerada una plaga bíblica, una catástrofe capaz de cercenar poblaciones enteras sin remedio posible. De ahí la importancia que tuvo la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, de la que ya hemos hablado en una entrada previa de este blog.

El gran benefactor Carlos, que nombra en varias ocasiones, es Carlos IV de Borbón, Rey de España (1788-1808), patrocinador de la expedición. También tiene palabras de reconocimiento para la augusta Luisa, Mª Luisa de Parma, Reina de España y mujer de Carlos IV; Godoy, Manuel Godoy, el Príncipe de la Paz, valido del Rey; y para Edward Jenner, descubridor de la vacuna, y Balmis, Francisco Javier Balmis, jefe de la expedición.

ANDRES-BELLO

Andrés Bello

Vasconcelos ilustre, en cuyas manos
el gran monarca del imperio ibero
las peligrosas riendas deposita
de una parte preciosa de sus pueblos;
tú que, de la corona asegurando en tus vastas provincias los derechos,
nuestra paz estableces, nuestra dicha
sobre inmobles y sólidos cimientos;
iris afortunado que las negras
nubes que oscurecían nuestro cielo
con sabias providencias ahuyentaste,
el orden, la quietud restituyendo;
órgano respetable, que al remoto
habitador de este ignorado suelo
con largueza benéfica trasmites
el influjo feliz del solio regio;
digno representante del gran Carlos, recibe en nombre suyo el justo incienso
de gratitud, que a su persona augusta,
tributa la ternura de los pueblos;
y pueda por tu medio levantarse
nuestra unánime voz al trono excelso,
donde, cual numen bienhechor, derrama
toda especie de bien sobre su imperio;
sí, Venezuela exenta del horrible
azote destructor, que, en otro tiempo
sus hijos devoraba, es quien te envía
por mi tímido labio sus acentos.

¿Venezuela? Me engaño. Cuantos moran
desde la costa donde el mar soberbio
de Magallanes brama enfurecido,
hasta el lejano polo contrapuesto;
y desde aquellas islas venturosas
que ven precipitarse al rubio Febo
sobre las ondas, hasta las opuestas
Filipinas, que ven su nacimiento,
de ternura igualmente poseídos,
sé que unirán gustosos a los ecos
de mi musa los suyos, pregonando
beneficencia tanta al universo.
Tal siempre ha sido del monarca hispano
el cuidadoso paternal desvelo
desde que las riberas de ambas Indias
la española bandera conocieron.

Muchas regiones, bajo los auspicios
españoles produce el hondo seno
del mar; y en breve tiempo, las adornan
leyes, industrias, población, comercio.
El piloto que un tiempo las hercúleas
columnas vio con religioso miedo,
aprende nuevas rutas, y las artes
del antiguo traslada al mundo nuevo.
Este mar vasto, donde vela alguna
no vieron nunca flamear los vientos;
este mar, donde solas tantos siglos
las borrascas reinaron o el silencio,
vino a ser el canal que, trasladando
los dones de la tierra y los efectos
de la fértil industria, mil riquezas
derramó sobre entrambos hemisferios.

Un pueblo inteligente y numeroso
el lugar ocupó de los desiertos,
y los vergeles de Pomona y Flora
a las zarzas incultas sucedieron.
No más allí con sanguinarios ritos
el nombre se ultrajó del Ser Supremo,
ni las inanimadas producciones
del cincel, le usurparon nuestro incienso;
con el nombre español, por todas partes,
la luz se difundió del evangelio,
y fue con los pendones de Castilla
la cruz plantada en el indiano suelo.
Parecía completa la grande obra
de la real ternura; en lisonjero
descanso, las nacientes poblaciones
bendecían la mano de su dueño,
cuando aquel fiero azote, aquella horrible
plaga exterminadora que, del centro
de la abrasada Etiopía transmitida,
funestó los confines europeos,
a las nuevas colonias trajo el llanto
y la desolación; en breve tiempo,
todo se daña y vicia; un gas impuro
la región misma inficionó del viento;
respirar no se pudo impunemente;
y este diáfano fluido en que elemento
de salud y existencia hallaron siempre
el hombre, el bruto, el ave y el insecto,
en cuyo seno bienhechor extrae
la planta misma diario nutrimento,
corrompiose, y en vez de dones tales,
nos trasmitió mortífero veneno.
Viéronse de repente señalados
de hedionda lepra los humanos cuerpos,
y las ciudades todas y los campos
de deformes cadáveres cubiertos.
No; la muerte a sus víctimas infaustas
jamás grabó tan horroroso sello;
jamás tan degradados de su noble
belleza primitiva, descendieron
al oscuro recinto del sepulcro,
Humanidad, tus venerables restos,
la tierra las entrañas parecía
con repugnancia abrir para esconderlos.
De la marina costa a las ciudades,
de los poblados pasa a los desiertos
la mortandad; y con fatal presteza,
devora hogares, aniquila pueblos.

El palacio igualmente que la choza
se ve de luto fúnebre cubierto;
perece con la madre el tierno niño;
con el caduco anciano, los mancebos.
Las civiles funciones se interrumpen;
el ciudadano deja los infectos
muros; nada se ve, nada se escucha,
sino terror, tristeza, ayes, lamentos.
¡Qué de despojos lleva ante su carro
Tisífone! ¡Qué número estupendo
de víctimas arrastran a las hoyas
la desesperación y el desaliento!
¡Cuántos a manos mueren del más duro
desamparo! Los nudos más estrechos
se rompen ya: la esposa huye al esposo,
el hijo al padre y el esclavo al dueño.
¡Qué mucho si las leyes autorizan
tan dura división!… Tristes degredos,
hablad vosotros; sed a las edades
futuras asombroso monumento,
del mayor sacrificio que las leyes
por la pública dicha prescribieron;
vosotros, que, en desorden espantoso,
mezclados presentáis helados cuerpos,
y vivientes que luchan con la Parca,
en cuyo seno oscuro, digno asiento
hallaron la miseria y los gemidos;
mal segura prisión, donde el esfuerzo
humano, encarcelar quiso el contagio,
donde es delito el santo ministerio
de la piedad, y culpa el acercarse
a recoger los últimos alientos
de un labio moribundo, donde falta
al enfermo infelice hasta el consuelo
de esperar que a los huesos de sus padres,
se junten en el túmulo sus huesos.
Tú también contemplaste horrorizada
de aquella fiera plaga los efectos;
tú, mar devoradora, donde ejercen
la tempestad y los airados Euros
imperio tan atroz, donde amenaza,
aliado con los otros tu elemento
cada instante un naufragio; entonces diste
nuevo asunto al pavor del marinero;
entonces diste a la severa Parca
duplicados tributos. De su seno,
las apestadas naves vomitaron
asquerosos cadáveres cubiertos
de contagiosa podre. El desamparo
hizo allí más terrible, más acerbo
el mortal golpe; en vano solicita
evitar en la tierra tan funesto
azote el navegante; en vano pide
el saludable asilo de los puertos,
y reclamando va por todas partes
de la hospitalidad los santos fueros;
las asustadas costas le rechazan,
Pero corramos finalmente el velo
a tan tristes objetos, y su imagen
del polvo del olvido no saquemos,
sino para que, en cánticos perennes,
bendigan nuestros labios al Eterno,
que ya nos ve propicio, y, al gran Carlos,
de sus beneficencias instrumento.

Suprema Providencia, al fin llegaron
a tu morada los llorosos ecos
del hombre consternado, y levantaste
de su cerviz tu brazo justiciero;
admirable y pasmosa en tus recursos,
tú diste al hombre medicina, hiriendo
de contagiosa plaga los rebaños;
tú nos abriste manantiales nuevos
de salud en las llagas, y estampaste
en nuestra carne un milagroso sello
que las negras viruelas respetaron.
Jenner es quien encuentra bajo el techo
de los pastores tan precioso hallazgo.
Él publicó gozoso al universo
la feliz nueva, y Carlos distribuye
a la tierra la dádiva del cielo.

Carlos manda; y al punto una gloriosa
expedición difunde en sus inmensos
dominios el salubre beneficio
de aquel grande y feliz descubrimiento.
Él abre de su erario los tesoros;
y estimulado con el alto ejemplo
de la regia piedad, se vigoriza
de los cuerpos patrióticos el celo.
Él escoge ilustrados profesores
y un sabio director, que, al desempeño
de tan honroso cargo, contribuyen
con sus afanes, luces y talento.
¡Ilustre expedición! La más ilustre
de cuantas al asombro de los tiempos
guardó la humanidad reconocida;
y cuyos salutíferos efectos,
a la edad más remota propagados,
medirá con guarismos el ingenio,
cuando pueda del Ponto las arenas,
o las estrellas numerar del cielo.
Que de polvo se cubran para siempre
estos tristes anales, donde advierto
sobre humanas cenizas erigidos
de una bárbara gloria los trofeos.

Expedición famosa, tú desluces,
tú sepultas en lóbrego silencio
aquellas melancólicas hazañas,
que la ambición y el fausto sugirieron;
tú, mientras que guerreros batallones
en sangre van sus pasos imprimiendo,
y sobre estragos y ruína corren
a coronarse de un laurel funesto,
ahuyentas a la Parca de nosotros
a costa de fatigas y desvelos;
y en galardón recibes de tus penas
el llanto agradecido de los pueblos.
Con destrucción, cadáveres y luto,
marcan su infausta huella los guerreros;
y tú, bajo tus pies, por todas partes,
la alegría derramas y el consuelo.
A tu vista, los hórridos sepulcros
cierran sus negras fauces; y sintiendo
tus influjos, vivientes nuevos brota
con abundancia inagotable el suelo.
Tú, mientras la ambición cruza las aguas
para llevar su nombre a los extremos
de nuestro globo, sin pavor arrostras
la cólera del mar y de los vientos,
por llevar a los pueblos más lejanos
que el sol alumbra, los favores regios,
y la carga más rica nos conduces
que jamás nuestras costas recibieron.
La agricultura ya de nuevos brazos
los beneficios siente, y a los bellos
días del siglo de oro, nos traslada;
ya no teme esta tierra que el comercio
entre sus ricos dones le conduzca
el mayor de los males europeos;
y a los bajeles extranjeros, abre
con presuroso júbilo sus puertos.
Ya no temen, en cambio de sus frutos,
llevar los labradores hasta el centro
de sus chozas pacíficas la peste,
ni el aire ciudadano les da miedo.
Ya con seguridad la madre amante
la tierna prole aprieta contra el pecho,
sin temer que le roben las viruelas
de su solicitud el caro objeto.
Ya la hermosura goza el homenaje
que el amor le tributa, sin recelo
de que el contagio destructor, ajando
sus atractivos, le arrebate el cetro.
Reconocidos a tan altas muestras
de la regia bondad, nuestros acentos
de gratitud a los remotos días
de la posteridad trasmitiremos.
Entonces, cuando el viejo a quien agobia
el peso de la edad pinte a sus nietos
aquel terrible mal de las viruelas,
y en su frente arrugada, muestre impresos
con señal indeleble los estragos
de tan fiero contagio, dirán ellos:
«Las viruelas, cuyo solo nombre
con tanto horror pronuncias, ¿qué se han hecho?»
Y le responderá con las mejillas
inundadas en lágrimas de afecto:
«Carlos el Bienhechor, aquella plaga
desterró para siempre de sus pueblos».
¡Sí, Carlos Bienhechor! Este es el nombre
con que ha de conocerte el universo,
el que te da Caracas, y el que un día
sancionará la humanidad y el tiempo.
De nuestro labio, acéptale gustoso
con la expresión unánime que hacemos
a tu persona y a la augusta Luisa
de eterna fe, de amor y rendimiento.
Y tú que del ejército dispones
en admirables leyes el arreglo,
y el complicado cuerpo organizando
de la milicia, adquieres nombre eterno;
tú, por quien de la paz los beneficios
disfruta alegre el español imperio,
y a cuya frente vencedora, honroso
lauro los cuerpos lusitanos dieron;
tú, que, teniendo ya derechos tantos
a nuestro amor, al público respeto
y a la futura admiración, añades
a tu gloriosa fama timbres nuevos,
protegiendo, animando la perpetua
propagación de aquel descubrimiento,
grande y sabio Godoy, tú también tienes
un lugar distinguido en nuestro pecho.
Y a ti, Balmis, a ti que, abandonando
el clima patrio, vienes como genio
tutelar, de salud, sobre tus pasos,
una vital semilla difundiendo,
¿qué recompensa más preciosa y dulce
podemos darte? ¿Qué más digno premio
a tus nobles tareas que la tierna
aclamación de agradecidos pueblos
que a ti se precipitan? ¡Oh, cuál suena
en sus bocas tu nombre!… ¡Quiera el Cielo,
de cuyas gracias eres a los hombres
dispensador, cumplir tan justos ruegos;
tus años igualar a tantas vidas,
como a la Parca roban tus desvelos;
y sobre ti sus bienes derramando
Con largueza, colmar nuestros deseos!

arbolciencia

Novela escrita originalmente en español por Pío Baroja, editada por primera vez en 1911 por la editorial Renacimiento. La segunda edición, en 1918, fue modificada por el autor. Yo la he leído en la edición de Pío Caro Baroja, sobrino de Pío Baroja, de forma casual, y me parece una gran edición. Las notas aclaratorias están muy bien dosificadas, facilitando la comprensión sin torpedear la lectura. Especialmente interesantes las notas biográficas sobre personajes a los que se hace referencia como conocidos en la época, que son personajes reales; sin ellas se perdería gran parte del sentido de los diálogos.

El árbol de la Ciencia es una novela dramática, casi podríamos decir trágica, en la que queda perfectamente reflejado aquello que estudiamos en el Bachillerato del pesimismo de la Generación del 98. Es una lectura agria por el clima imperante de miseria y decadencia desde la primera página hasta la última. Cuenta la historia de Andrés Hurtado, un muchacho de clase media burguesa que entra en la Facultad de Medicina hasta licenciarse y luego trabaja en un pueblo de Castilla La Mancha. Es una novela autobiográfica, bastante ajustada a la realidad, en la que Pio Baroja muestra, en primer lugar, su falta de vocación por la Medicina, además de la constante preocupación por las miserias de la época, no sólo económicas sino también humanas. Por medio de conversaciones con su tío Iturrioz, médico támbién (y también personaje real cambiado de nombre) muestra su interés por la filosofía (fundamentalmente Kant y Schopenhauer) y su aplicación a la vida diaria, una vida desdichada marcada por la tragedia (en la muerte de su hermano) y por la autoexclusión social.

La descripción de la enseñanza recibida en la Facultad muestra profesores desfasados (entre ellos nuestro ya conocido Dr. Letamendi, al que pone como los trapos) y ausencia absoluta de interés por el enfermo como persona, tanto en profesores como alumnos; y su posterior ejercicio de la profesión supone un fracaso, por su incapacidad para la integración en una sociedad de provincias de la época, y su disgusto constante por la decadencia de sus enfermos, de los que llega a sentir asco por su forma de sobrevivir. El único personaje que se sale de la autobiografía es Lulú, una muchacha desvergonzada y simpática que, junto a su tío Iturrioz, será el único consuelo del protagonista.

Por ser una obra maestra de nuestra literatura, por mostrarnos que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor, y por acercarnos al mundo de la Medicina del S. XIX, El árbol de la Ciencia entra en nuestra sección de Imprescindibles por méritos propios.

El lector de cadáveres es una novela escrita en español por Antonio Garrido, comenzada en 2007 y publicada en 2011 por Espasa.

Original novela dirigida al gran público ambientada en la China de la dinastía Tsong, S. XIII, protagonizada por Cí Song, un personaje real considerado precursor de la Medicina Forense. En la novela es un muchacho humilde, discípulo de un juez del Emperador que demuestra unas aptitudes especiales en la observación de los cadáveres con habilidades especiales para deducir la causa de la muerte y las circunstancias que la rodearon. Como particularidad exótica el protagonista padece CIPA (insensibilidad congénita al dolor con anhidrosis), enfermedad que el autor utiliza en ocasiones como un poder, sin obviar su cara dramática.

Muy bien ambientada, con esmero en la descripción de los detalles y abundantemente documentada. De forma paralela a la acción principal, y casi sin darnos cuenta, vamos descubriendo utensilios, máquinas (¡¡un frigorífico!!), costumbres, etc, todos ellos reales, que nos sitúan en la China del S. XIII. El principio de la novela es una agotadora sucesión de adversidades que el lector de cadáveres sufre sin aparente conexión entre ellas. En la segunda parte se plantea el misterio de un asesinato múltiple, que tendrá que investigar al servicio del Emperador.

En palabras de mi compadre, que me recomendó El lector de cadáveres, “no dejan de pasar cosas”.

No es habitual leer novelas sobre Medicina Forense, y menos en un ambiente tan singular como la China medieval. Muy interesante el acercamiento a la Patología Forense. Sin ser macabro (excepto en contadas ocasiones) detalla el examen de los cadáveres con minuciosidad, extrayendo plausibles conclusiones y urdiendo la trama desde la primera página.

Curiosamente, este no es un libro sobre médicos. En la China medieval la Medicina Forense la ejercían directamente los jueces, por lo que los maestros de Cí son jueces y la Escuela Ming, donde se desarrolla parte de la acción, es una escuela de Leyes, no de medicina.

Es una lectura entretenida e interesante, para los amantes de la novela histórica, de la novela policiaca y, por supuesto, de la novela médica.